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Los vinos jóvenes están de moda. En cada una de sus tipologías, según el gusto de cada uno de nosotros secos o dulces, y entre ellos blancos, tintos o rosados. Y cada varietal nos aporta distintas maneras de disfrutarlos. Pero, antes de profundizar en este asunto, me gustaría explicar brevemente qué es un vino joven, para aquellos que no sabrían definirlo. Un vino joven es aquel que no tiene crianza ni envejecimiento principalmente en madera tras su fermentación alcohólica o maloláctica. Los vinos jóvenes no suelen estar más que unos meses tras su fermentación en depósitos, en vasijas o en ocasiones en bota o barrica, y son puestos pronto a la venta. De hecho se les conoce también como vinos del año o vinos de cosecha, ya que es precisamente su vendimia la que los marca. Y normalmente, los vinos salen al mercado por ende al año siguiente de su cosecha.  De este modo, en la categoría de vinos jóvenes podemos encontrar vinos de diferentes años, no solo del que nos precede  – 2019 actualmente – sino de años anteriores. Este aspecto es muy importante porque un mismo vino joven no suele ser igual de un año o de otro, ya que las cosechas son distintas y el vino resultante puede tener otras características a sus predecesores. También cuenta su evolución en botella. Hay vinos jóvenes realmente buenos con una añada anterior a la actual. Es el caso de El Valao 2017, un 100% Mencía (D.O. Bierzo) que está muy bueno.

Los vinos jóvenes tienen características muy identificables en cada una de sus tipologías. Son vinos con una buena nariz floral y frutal, con una marcada acidez y una gran frescura en la boca. Son fantásticos para vinos de mesa y tienen un gran abanico de maridajes. Normalmente destacan por su fruta, como he comentado anteriormente pero algunos tienen una marcada mineralidad. Por ejemplo algunos blancos de la Tierra de Cádiz como Ojo de Gallo 2017 de Grupo Estévez. En cambio, los tintos Tempranillo de la Rioja suelen ser vinos muy frutales y frescos. Y también sabrosos, lo habitual es encontrar su frescura y su frutalidad como los rosados que se elaboran en gran parte de la geografía vitivinícola española. Uno de los buenos rosados que he podido probar últimamente ha sido Señorío de Fuente Álamo 2019 de Jumilla, monovarietal de Monastrell de las Bodegas San Dionisio. Para aquellos que no suelen disfrutar de los rosados, se lo recomiendo. Como el rosado Yoana 2018 de Bodegas Vallobera elaborado con Viura, Tempranillo y Sauvignon Blanc. También frutales son los blancos de Montilla Moriles como Dos Claveles 2019 de Toro Albalá o Monteverde 2019 de Bodegas El Monte. Otros de los vinos destacados de Montilla Moriles es Dulas, un blanco joven de PX de Lagar de la Salud, una bodega que está elaborando jóvenes muy buenos. O los blancos de Verdejo de Rueda, o los tintos jóvenes de Garnacha de Cebreros.

Gracias a su frescura, su marcada acidez – que les da una clara personalidad – y por supuesto a su fruta son vinos perfectos para copear entre amigos, para disfrutar de una buena barbacoa, o una comida familiar o una cena en pareja o millones de situaciones más. Y además su gran abanico para maridar cualquier tipo de plato desde los salados hasta los dulces hace de los vinos jóvenes un acompañante perfecto en nuestras experiencias enogastronómicas.

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