Después de unos meses en los que las precipitaciones en la parte norte de la península, en las Denominaciones de Origen Rioja, Ribera del Duero o Rueda han sido escasas, en las últimas semanas estamos viviendo episodios de precipitaciones más o menos abundantes. El refranero español siempre dice que “en abril, aguas mil”, por lo que podemos decir que estamos ante un fenómeno normal pero ¿Qué pasa en el viñedo cuando llueve?

Abril ya ha llegado en forma de lluvias, mucho frio, cielos cubiertos e incluso nieve. ¿Cómo afecta esta lluvia al viñedo?

El agua, fuente de vida

En estos momentos, las vides ya tienen actividad radicular (de las raíces) y, podemos decir, que ya están comenzando a despertarse y a prepararse para la brotación. Esta actividad consiste en tomar agua del suelo y moverla a través de la planta, llegando hasta las yemas de los sarmientos y los cortes de la poda.

Estamos seguros de que esto te suena. Es el fenómeno conocido como lloro. 

La llegada de episodios de lluvia en estos días supone un aumento e las reservas de agua en las capas más profundas del suelo, lo cual es muy positivo para conseguir una brotación rápida, constante y homogénea en todo el viñedo. ¿Es esto importante? La respuesta es sí, porque si las brotaciones son lentas y las temperaturas son bajas, las enfermedades en el viñedo podrían proliferar. Además, la experiencia nos dice que después de inviernos lluviosos, llegan veranos óptimos en términos de calidad vitivinícola. 

La cantidad necesaria de agua en el viñedo 

El agua, el sol, el CO2 y unas condiciones climáticas adecuadas, son necesarias para un correcto desarrollo del viñedo. Pero, al igual que ocurre con el vino, el exceso no es bueno. Un exceso de agua en las primeras semanas y meses de brotación, podrían provocar un crecimiento sobredimensionado de la vid, pero descontrolado en cuanto a calidad de la uva. De la misma forma, la humedad provocada por la lluvia podría traer consigo enfermedades fúngicas. Además, si las lluvias siguen siendo muy abundantes y no remitiesen, el suelo podría ser incapaz de drenar ese agua y la planta podría “ahogarse”. Los síntomas en la vid por el exceso o la falta de agua son los mismos, y proviene del resultado de la incapacidad de ésta de absorber dicho agua.

Aquí entran en juegos otros factores. Está claro que no podemos controlar los fenómenos meteorológicos como la lluvia, pero si está en nuestra mano la gestión de otros. Controlar el vigor de la planta a través de podas o aumentar las densidades de plantación (el número de plantas en cada hectárea) son herramientas para ajustar ese exceso de agua.

Pero, ¿Qué pasa si las condiciones son las contrarias? Ante un aumento de las temperaturas y una reducción de las lluvias (también consecuencia del cambio climático), las acciones pueden ir desde la implementación y mejora de sistemas de riego, elección de suelos mas fuertes, mejora de la estructura y textura de los suelos, etc.

En resumen: el agua es necesaria para la vida. 

Dicho todo esto, el agua es imprescindible para la planta y es el vehículo de entrada de los nutrientes a la planta y, en su justa medida siempre es buena para su correcto crecimiento. En exceso o en defecto, cuando tiene lugar en momentos en los que no se espera o cuando no llega cuando es necesaria, puede traer consigo problemas más o menos graves.

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