Francisco Martínez Arroyo. Exconsejero de Agricultura, Agua y Desarrollo Rural de Castilla-La Mancha

El sector vitivinícola vive momentos de gran incertidumbre. Hace unas décadas, incluso hace unos años, era inimaginable la situación actual, en la que los viticultores de la poderosa Francia reclaman el arranque de hasta 100.000 hectáreas de viñedo, el 13% de la superficie vitivinícola del país.

De esa cifra, por ahora, ya hay autorización para arrancar más de 27.000 hectáreas. El arranque será compensado con un pago de carácter social de 4.000 euros por cada una de esas hectáreas, lo que, en muchos casos, permitirá una jubilación más digna a los que han apostado por el arranque, al mismo tiempo que se pretende ajustar la oferta de vino francés, a la menguante demanda a nivel mundial.

Ya hace unas décadas que el consumo de vino cae en los países productores -España entre ellos-, empujado por el cambio de los hábitos de consumo globales y la competencia de otras bebidas alternativas, entre las que destaca la cerveza, que conquista a gran velocidad a los consumidores jóvenes, ayudada por el aumento de las temperatura -y la preferencia por bebidas más frías, donde la cerveza es el rey- y su menor grado alcohólico.

Esta disminución del consumo en los mercados más consolidados se ha visto compensada por el crecimiento del mismo en mercados emergentes, con Estados Unidos a la cabeza, con más de 33,1 millones de hectólitros anuales, unos 10 litros por persona y año.

Estas dos tendencias parecen más o menos estabilizadas y el sector ha sabido adaptarse, invirtiendo en comercialización y aumentando la promoción en países de todo el mundo, lo que ha hecho que las exportaciones aumenten exponencialmente en las últimas dos décadas.

Ha hecho, en la práctica, de la necesidad virtud. En el caso de España, las exportaciones se situaron en 2023 en unos 20,3 millones de hectólitros, frente a un consumo en el mercado interno de unos 9,8 millones de hectólitros, unos 20 litros por habitante y año -ligeros repuntes respecto al año anterior, pero muy lejos de las cifras de hace décadas- .

Lo relevante del momento es que parece también ya consolidado el cambio de preferencias de los consumidores, que apuestan hoy por vino blanco y vinos tintos jóvenes, y la caída en picado de la demanda de vinos envejecidos.

Esto hace que las zonas productoras más emblemáticas de la vieja Europa, las que más dependen del vino elaborado en barricas, como Burdeos en Francia -donde el año pasado ya se arrancaron más de 3.000 hectáreas- o La Rioja en España -donde se acaba de decidir el arranque de al menos 3.650 hectáreas, el 5% de la superficie vitícola de la Denominación de Origen-, estén viviendo uno de sus momentos más difíciles. Así, este cambio disruptivo en los gustos del eslabón más importante de la cadena vitivinícola -los consumidores- está teniendo efectos impensables hace tiempo en el sector, en los principales países productores, donde hoy parecen sobrar viñas, y barricas.

Las cosechas reducidas de los últimos años han salvado las últimas campañas, donde han ido comercializándose las existencias acumuladas en años anteriores. En 2024, la vendimia mundial será una de las más bajas de la historia, con una producción de unos 230 millones de hectólitros.

En España, la cosecha -aunque ligeramente por encima de la de 2023- ha sido, de nuevo, relativamente corta, unos 36,5 millones de hectólitros (la media de la última década ronda los 43 millones de hectólitros), de los cuales 22,7 millones de hectólitros corresponden a Castilla-La Mancha, la principal región productora.

En momentos de turbulencias, como este, las grandes regiones productoras de vino blanco y tintos jóvenes -las que solo una pequeña parte de su producción la dedican al envejecimiento en barricas- son las que pueden verse beneficiadas. Todas las miradas se dirigen, ahora, a Castilla-La Mancha.

Momentos de turbulencias

Así, parece que la apuesta de los consumidores en estos últimos años, por el vino blanco y los vinos jóvenes, puede beneficiar, por primera vez en muchas décadas, al vino de Castilla-La Mancha, la mayor bodega del mundo.

El momento requiere de mensajes adecuados a los consumidores, el más importante, el de la apuesta por la calidad. Para ello, desde la administración deben tomarse decisiones adecuadas, coherentes y siempre en la apuesta por la calidad.

Las dos más importantes son limitar el grado mínimo de la uva en la entrada en bodega (La uva no debe cosecharse por debajo de 9 grados, la graduación mínima para comercializar el vino. Limitando el grado, se reduce, en la práctica, además, el consumo de agua y la producción por hectárea.) y ser muy estrictos en el rendimiento máximo por hectárea-.

Una consecuencia de estas dos medidas es un mayor ajuste de la oferta a la demanda, que, además, suele traducirse en mejor renta -y rentabilidad- para los viticultores -también para los más pequeños y para los que no disponen de acceso al agua-. Es pues un mensaje y una apuesta por la calidad, pero no sólo.

Por otra parte, a nivel nacional, y para garantizar el futuro del sector en todas las zonas productoras de nuestro país, también es necesario apostar por una interprofesional que comiencen a pensar, además de en la necesaria promoción, en la planificación sectorial. La organización de la producción, repartiendo los kilos de uva recogidos cada campaña, en forma de vino, mosto o alcohol de uso de boca, de acuerdo con las demandas del consumo global, parece utópica, pero, de alguna forma, es absolutamente urgente avanzar en una mayor -y mejor- vertebración del sector vitivinícola en España.

Afrontemos el desafío.

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