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Este año y como viene pasando los últimos años se ha adelantado el envero. Esa etapa en la que la uva comienza a coger su tonalidad natural ya sea cambiando el verde por el amarillo anaranjado en las blancas o tintándose de las diferentes tonalidades que ofrecen las tintas. Y es que hay un refrán que ya dice que entre Santiago y Santa Ana pintan las uvas. Estas festividades, como saben, son a finales del mes de julio y a falta de diez días ya podemos ir viendo este proceso que sufre la uva, que sigue madurando y entrando en su recta final – sobre todo en las blancas – para ser vendimiada.

Un trabajo que sigue muy de cerca el viticultor. Aquel que cuida de sus viñedos como si fueran sus hijos. ¡Qué gran trabajo hacen los viticultores! Y es una pena que nos acordemos poco de ellos cuando bebamos cualquier vino en cuestión. Ellos son los encargados de cuidar del origen, que no es poco. Cada año preparan el viñedo, lo podan, lo viven día a día. Desde la mañana, hasta la noche. Un trabajo sin descanso que como decimos por aquí en Andalucía, no está pagado. Pero que lo hacen con tanto cariño e ilusión – porque es su vida – que es justo ponerlo en valor. Labran la tierra para que conserve la humedad durante todo el año. Con los fríos del invierno y el calor sofocante del verano. En mucho de los viñedos de toda España hacen las veces de enólogos porque ellos lo saben todo sobre sus uvas. Recorren cada calle del viñedo como si fuera su casa, arrancando las malas hierbas y cuidándolos de las posibles enfermedades.

Sufridores de las condiciones del campo, son el primer escalón de la escalera que nos lleva a una botella de vino. Y es justo y meritorio que se les reconozca su trabajo incansable para que cada día tengamos vinos de mejor calidad. Porque la tierra, el origen, es un punto muy importante de todo esto. Para algunas bodegas es quizás el más determinante ya que muchos de los vinos que están en el mercado tienen unos matices marcados a su terruño. Y esa tierra donde vive la uva hasta que es vendimiada es cuidada por los viticultores. Tan necesarios como imprescindibles. No sería lo mismo sin la mano sabia de quien conoce a la perfección su uva y sabe transmitir por generaciones el saber que aprendió de sus ancestros. Personas que disfrutan de este momento, el envero como si vieran a sus hijos crecer y madurar. En algunas zonas pronto será la vendimia. En otras aún tendrá que esperar. Pero el viñedo contará siempre con aquel que supo mimar a la uva desde el momento de su nacimiento en la yema. Que vio como se ensanchaba el pámpano. Que ha probado cientos de uvas comprobando su punto de acidez y madurez. Aquellos que cuando todo empiece de nuevo en los lagares y en las bodegas de crianza, volverá a preparar el viñedo para un nuevo ciclo. El ciclo de la vid que trabaja el viticultor desde hace miles de años en nuestra tierra.

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